Posted by: incapoint | September 25, 2009

Cachiche la tierra de las Brujas

CACHICHE

La Casa de las Brujas

” Nada de particular ni extraño ocurría en esta tierra, hasta que un día -sin año y sin fecha- arribó una misteriosa mujer de origen europeo que huía de las crepitantes hogueras de la Santa Inquisición. A partir de ese momento, el desconocido caserío -localizado a 4 kilómetros de la ciudad de Ica- es sinónimo de magias y sortilegios.

Un pueblo de brujas. “

Cachiche era un caserío del desierto costero como cualquier otro: polvoriento, reseco y mustio, apenas adornado por unos cuantos huarangos, ese árbol tenaz y retorcido que crece sólo porque Dios es grande.

 

Nada de particular ni extraño ocurría en esta tierra, hasta que un día -sin año y sin fecha- arribó una misteriosa mujer de origen europeo que huía de las crepitantes hogueras de la Santa Inquisición. A partir de ese momento, el desconocido caserío -localizado a 4 kilómetros de la ciudad de Ica- es sinónimo de magias y sortilegios. Un pueblo de brujas.

 

No es la primera ni será la última bruja de Cachiche. Quizás sólo sea la más famosa, la que todos recuerdan, la que todos admiran aunque sea un poquito, porque de otra manera no le habrían erigido esa estatua que no es demasiado grande ni demasiado bonita, pero que está en la entrada del caserío, bajo la sombra protectora de un árbol de nogal.

 

Todo el que llega tiene que mirarla aunque sea un ratito, aunque sea sólo por cumplir. Ella jala gente, atrae a los supersticiosos y a los descreídos, quienes no tienen más remedio que oír la historia de esa mujer perennizada en un trozo de metal, en una postura que podría ser la de un ave a punto de volar o, quizás, la actitud de quien espera al destino sin temor y con los brazos abiertos.

 

Y en este pedazo del desierto donde no crece casi nada, lo único que parece florecer y mantenerse alejado del polvo del desierto, es la leyenda de Julia Hernández Pecho Vda. de Díaz, una bruja que murió a los 106 años, luego de una azarosa vida de sortilegios y hechizos, pero sólo de los buenos, de los que curan, de los que reconcilian corazones. Ella no hacía daño. Ella no era “malera”.

 

Eso dicen sus defensoras, sus historiadoras oficiosas, aquellas que proclaman un retorno seguro a Cachiche si se contemplan los ojos de la estatua, aquellas que cuentan -con espanto y horror- la apocalíptica y certera profecía de la palmera de las siete cabezas. Una demostración evidente -dicen ellas- del poder sobrenatural de doña Julia.

 

Y la bruja dijo: Ica se hundirá cuando reverdezca la séptima cabeza de la palmera que se encuentra en la laguna seca.

 

Y la bruja acertó: Ica quedó bajo las aguas en 1998. El río se desbordó, miles de personas resultaron damnificadas.

 

Y la gente asegura: ese año no se mochó ni se quemó la séptima cabeza de la palmera. Nunca más dejaremos de hacerlo.

 

Fin de la historia. No más profecías. Hay que recorrer el pueblo. Los zapatos se cubren de polvo. La imagen de la bruja parece perseguirnos, parece estar en todos lados.

 

 

Las brujas de los cuentos no se parecen a las de Cachiche. Las de este rincón iqueño eran hermosas y buenísimas, porque usaban sus poderes sobrenaturales para sanar los males del cuerpo y atraer al ser amado en menos de un día.

 

Pero, con las brujas -por más bondadosas que éstas sean- siempre hay que tener cuidado, hilar fino, tomar sus precauciones, estar alertas, más aún cuando la leyenda del monumento de doña Luisa, advierte que se está ingresando al dominio de los nigromantes.

 

Cachiche: hogar de cultores de las “artes negras”, escenario de pócimas y brebajes. Tierra de beatos, refugio de brujas que escapaban de Europa -en galeones españoles- y de los cruentos castigos de la Santa Inquisición, para encontrar la paz en este lugar ignorado que convirtieron en el baluarte de sus artilugios.

 

A partir de ese momento, el caserío comenzó a ser relacionado con magia y hechicería. Sólo eso parecía importar, sólo eso era digno de ser contado, ya ni siquiera se mencionaba la leyenda del noble quechua llamado Cachi, quien encontró el amor en estas cálidas tierras; pero….., siempre hay un pero en los relatos de amor, la madre de su pretendida -una poderosa adivina- no aceptaba el noviazgo.

 

Los afanes de Cachi por conquistar a la bella Chiji -tal el nombre de la muchacha- exasperaron a la madre. Molesta e irritada, ella convierte en un gallinazo de cabeza roja al joven galante y lo condena a volar para siempre. Si dejaba de hacerlo, se volvería un médano.

 

Pasan los días y el cansancio se hace insoportable. El noble inca no resiste la fatiga y se detiene cerca de laguna de Orovilca, convirtiéndose en un cerro de arena. Su joven amada, que seguía el vuelo, no soportó el dolor que aguijoneaba su corazón pletórico de cariño. Se arrojó a las aguas.

 

La tragedia fue presenciada por un curandero. Conmovido por el sacrificio de los amantes, se apiadó de ellos y los convirtió en patos silvestres, para luego devolverles su forma humana. La pareja agradecida se quedó a vivir en la zona, dedicándose a la agricultura. Con el paso del tiempo, el lugar fue bautizado como Cachiche, en honor a la pareja.

 

Una historia de amor en un pueblo de brujas, curanderos y adivinos. Sincretismo mágico: brujas europeas…., curanderos de origen andino…., esto solo puede ocurrir en Cachiche, tierra de hechizos, artilugios y sortilegios.

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