Posted by: incapoint | September 25, 2009

Camino del Inca, bitacora de viaje, experiencias

CAMINO INCA – EN LA SENDA DE LOS CHASQUIS

Idas, venidas y aventuras, en el Camino Inca

“Ay, no puedo flexionar la pierna”… y los escalones son tan altos, tan bajos, tan largos, tan anchos. Interminables. Paso a paso… uy, papacho, que pena, ya no me va poder acompañar, se entristece un viejo porteador de ropas raídas y “ojotas goodyear. ”

Las palabras siempre quedarán cortas para describir las sensaciones acumuladas durante el recorrido por el Camino Inca que termina en Machu Picchu. Los complejos arqueológicos, las cuestas empinadas, los descensos sinfín y el inusual paisaje -mezcla de nevados, abras espectaculares y tramos con ropaje de selva- es el “fiel acompañante” en esta singular y excitante aventura que dura cuatro días y se inicia en el kilómetro 82 de la línea férrea Cusco-Aguas Calientes.

 

Despierta el tren con un pitido vibrante, para anunciar al pueblo su inminente partida y notificar a los viajeros del final de su aventura por aquellos caminos que hacen acrobacias en las faldas de los cerros y esos senderos… Buenas tardes, señor, su boleto. Hora de marcharse. El camino del regreso al Cusco. La locomotora rechina, tiembla, se echa a andar…….

 

Llega el crepúsculo. Sombríos rezagos de luz permiten divisar, a través de las ventanas, los trazos desparejos de los cerros tupidos de eucaliptos y del río Urubamba, caudaloso y… Señor, se sirve un matecito de coca. Bebida caliente, reconfortante. Se impone la noche. El tren es una lombriz presurosa que devora rieles y durmientes.

 

Luces encendidas. Un papel inmaculado, un lapicero dormido. Alguien intenta escribir su aventura en el Camino Inca que conduce a Machu Picchu… pero no puede, no logra ordenar sus recuerdos; entonces, cierra los ojos, hace memoria, reflexiona, busca los hados de la inspiración… Señor,… uy, disculpe, estaba durmiendo. Sonríes, “qué importa, no te preocupes, sólo pensaba”.

 

El tren se detiene. Estación de Ollantaytambo. Las estrellas hacen guiños desde la bóveda oscura. Pregones, bullicio, señoras que ofrecen choclos con queso por las ventanas: a sol cincuenta la unidad; “¡no!, a un sol, sino no compro” (arte del regateo)… perdón, ese libro es suyo, señor, “sí, claro, gracias”…¿estará ahí la inspiración?. Piensas, recuerdas. Comienzas a escribir

 

El Camino Inca está abrumado de montañas, mientras el río Urubamba -sagrado y serpenteante- se extravía en la profundidad de los cerros. De pronto, descubres a una mujer encapsulada en su bolsa de dormir. ¿Pretende ignorar o escabullirse del frío?, te preguntas antes de superar el último escalón de una infernal escalera. Ella no te mira. ¿Dónde estará el sol?

 

 

EN LA SENDA DE LOS CHASQUIS

“Ay, no puedo flexionar la pierna”… y los escalones son tan altos, tan bajos, tan largos, tan anchos. Interminables. Paso a paso… uy, papacho, que pena, ya no me va poder acompañar, se entristece un viejo porteador de ropas raídas y “ojotas goodyear.”

 

Abra de Warmiwañusqa o abra de la Mujer Muerta. Espacio liberado: cerros, depresiones, coloridos paisajes……… Se vislumbra un descenso de peldaños y curvas. Ahora pasas a su lado, está quieta, callada, casi ausente, aunque sus ojos -soñadoramente verdes- recorren los escuadrones de letras, puntos y comas, que conforman los ejércitos alfabéticos de las páginas de un libro.

 

Ya estás escribiendo sobre el Camino Inca. Tus recuerdos se entrelazan, se unen, se integran, forman frases y oraciones que comienzan a reconstruir cuatro días de peregrinaje, cuatro días de andariega agitación por senderos que ascienden laboriosamente hasta las abras más escarpadas, para luego morir en Machu Picchu, la ciudad perdida, la ciudad de piedra a la que nunca llegaron las huestes españolas.

 

Más de 40 kilómetros de senderos empedrados que retan abismos y cruzan tupidos bosques. Capac Ñan, llamaban los incas a los caminos sinuosos y delgados (su ancho oscila entre el metro 70 y los dos metros 50) que trazaron en todos los rincones de su vasto imperio y que eran recorridos por los Chasquis, los legendarios mensajeros andinos.

 

Vía férrea Cusco-Aguas Calientes. Kilómetro 82, Piskacucho: puente sobre el río, caseta de control, hilera de caminantes con jorobas de lona. Ingreso al Santuario Histórico de Machu Picchu, creado en 1981 para proteger los valiosos monumentos arqueológicos y la interesante variedad de flora (30 géneros y más de 90 especies de orquídeas, por citar sólo un ejemplo) y fauna (osos de anteojos, gallitos de las rocas, nutrias de río, entre otros).

 

Se inicia la aventura. Una pendiente recibe a los visitantes. Primer escollo para las piernas, que enfrentarán jornadas diarias de más de cinco horas. Ascenso exitoso. Después, pura pampita… ¿cansado?, “aún no, todo bien”. Un sorbo de agua, un vistazo al espectacular panorama. Abajo, el río poderoso, un poquito más arriba, los campos verdes; y, entre las montañas -bien, pero bien alto, besando el cielo- una cumbre nevada.

 

Vuelve a despertar el tren, pero tú no sueltas la inspiración. Sigues escribiendo: segundo día de la aventura, el más matado, pura subida, recuerdas las palabras del guía y evocas tus quejas de cansancio en el sufrido ascenso a Warmiwañusqa (4,200 m.s.n.m.), el punto más alto de la ruta: “por qué los Incas lo construyeron todo tan lejos”. La joven de los ojos verdes no te escucha. Lee.

 

Su imagen te intriga: por qué ella no muestra esa sonrisa mitad cansancio mitad satisfacción de los otros caminantes, por qué no parece estar subyugada por la demoledora belleza del paisaje. Es extraña, sólo lee, con voracidad, con pasión, como si cada palabra revelara algún misterio… ¿de los Incas, esos señores de la altura que se proclamaban hijos del Sol?, tal vez, quién sabe.

 

Un libro rojo… o ¿azul? Qué importa ahora. Ella va quedando atrás. ¿La volverás a ver?; seguro, el camino hermana, junta, reúne a los peregrinos en las visitas a los centros arqueológicos (mágicos recintos de piedra) o en las noches de campamento, cuando un bosque de carpas invade las alturas andinas. Ruidos lejanos, riadas de estrellas, olor a frotación, gente extenuada que deposita su cansancio en sacos de dormir.

 

 

Ay, no puedo flexionar la pierna”… y los escalones son tan altos, tan bajos, tan largos, tan anchos. Interminables. Paso a paso… uy, papacho, que pena, ya no me va poder acompañar, se entristece un viejo porteador de ropas raídas y “ojotas goodyear.”

Hola…cómo estás…sí, hablo español… quiero quedarme en el Perú. ¿En dónde andas ahora?… ¿otra abra?. S., ¿Phuyupatamarka?, sí, ¿tercer día?, sí, ¿altura?, 3,700 m.s.n.m. “¿Y que leías ayer?”, preguntas. No hay respuesta. Ella desaparece, camina más rápido que tú: “a mí no me duele la rodilla”, se burla.

 

Pura bajadita, facilito, se alboroza el guía; “facilito, claro, si es que no te duele alguna parte del cuerpo”… “Ay, no puedo flexionar la pierna”… y los escalones son tan altos, tan bajos, tan largos, tan anchos. Interminables. Paso a paso… uy, papacho, que pena, ya no me va poder acompañar, se entristece un viejo porteador de ropas raídas y “ojotas goodyear” (zapatos confeccionados con restos de neumáticos).

 

Tiene los ojos hundidos y sus arrugas parecen la representación de los ríos en un atlas. El trabajo es duro, cargamos carpas, alimentos, balones de gas, de todo, más de 20 kilos, te había dicho el día anterior, cuando el dolor en la rodilla era apenas una amenaza, un hincón inoportuno en las inmediaciones del Complejo Arqueológico de Runkurakay, una de las construcciones incas que anteceden a la gran ciudadela.

 

Piedra sobre piedra. Puertas, ventanas, galerías… ¿te gustan?, claro, son impresionantes. “Los incas eran unos grandiosos arquitectos”, musitas, ya sin rastros del encono surgido en la fatigosas pendientes; y la frase la repites hasta el cansancio al recorrer los complejos de Saqyamarka, Puyupatamarca y Wiñaywayna o al observar a lo lejos las imponentes construcciones del Intipata.

 

“¿Otra vez tú?”. Encuentro nocturno en Wiñaywayna. Última noche. Adiós a los campamentos. Los grupos de caminantes se despiden en un albergue. Allí está ella, ahora ya no lee, ahora brinda, bromea, invita a bailar… “lo siento, no puedo, tú sabes, la rodilla”. Una marejada de aplausos. Reconocimiento a la abnegada labor de los porteadores, gracias, gracias, misters. Estrenan una mueca de sonrisa.

El Cusco cada vez está más cerca. Tienes que apurarte, tienes que acabar la historia antes de llegar a la estación final: Cuarto día. Hora: 4 y 30 de la mañana. Amanecer lluvioso, suelo embarrado, viento frío. Se despliegan impermeables en una caminata sombría rumbo al Inti Punku, la Puerta del Sol, el sitio ideal para otear Machu Picchu (2,400 m.s.n.m.).

 

La lluvia se prolonga, las nubes parecen perpetuarse en el cielo. Horizonte brumoso. No se ve más allá de las narices. ¿Machu Picchu?, allá abajo, ¿no lo ves?…”No, está borroso”; mala suerte, cosas del clima, qué se va hacer.

 

Sólo queda descender para acercarse a la ciudadela descubierta en 1911, por el investigador norteamericano Hiram Bingham y disfrutar del hermoso paisaje que la rodea.

Final inesperado. El clima es culpable. ¿Arrepentido?, “no, jamás, imposible. Aún no me he ido y ya pienso en volver”. Risas prolongadas. Agoniza una aventura… y ella, ¿dónde estará ella?: En el Intihuatana o Reloj Solar -ese obelisco donde se realizaba el ritual de amarrar al Sol para que este nunca dejara de alumbrar- o en el sector agrícola, con sus magníficos andenes.

 

Renace el pitido metálico. Se acabó el viaje… ya no hay tiempo para seguir escribiendo. ¿Y qué fue de la mujer de los ojos verdes?. Desciendes del tren, tus manos acarician un libro de tapas rojas o ¿azules?. Caminas por el ombligo del mundo.


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