Posted by: incapoint | September 25, 2009

Choquequirao, como llegar, información, transporte. El otro Machu Picchu

DE CACHORA A CHOQUEQUIRAO

El silencioso pueblo de Cachora atrae por la quietud de sus calles y la rusticidad de sus viviendas. En esta típica comunidad andina, con su discreta plaza de armas y su infaltable iglesia, se inicia el camino a Choquequirao, que se caracteriza por sus prolongadas cuestas, sus abruptos descensos, la lejana presencia de los nevados Ampay y Salcantay, y los profundos quiebres del cañón del Apurímac, uno de los más profundos del planeta.

Algunos puntos de interés en el trayecto de 30 kilómetros (60 de ida y vuelta) son:

Abra de Capulilloc: Se encuentra a 9 kilómetros del pueblo (21 de Choquequirao). Desde el abra (3,010 m.s.n.m.) se puede observar la abrumadora belleza del paisaje, destacando los perfiles de las montañas y del camino serpenteante que empieza a descender hacia el río Apurímac (palabra quechua que significa “Dios que habla”).

 

Cocamasama: Especie de mirador localizado a 2,010 m.s.n.m., desde el cual es posible divisar la cima de la montaña en la que se encuentra Choquequirao; también se observa el río Apurímac, un cauce tormentoso que corta los cerros.

 

Chiquisca: Zona sosegada e ideal para descansar o acampar. Cuenta con una toma de agua. Se encuentra a 16 kilómetros de Cachora (14 de Choquequirao).

 

Playa Rosalina: Localizada a 1,550 m.s.n.m. y a 19 kilómetros del pueblo (11 de Choquequirao). Sus orillas son bañadas por el torrentoso Apurímac, por lo que es posible darse un chapuzón en sus aguas. Un puente colgante permite cruzar a la otra ribera, donde el camino se vuelve un perpetuo ascenso.

 

Santa Rosa: Un puñado de cabañas le dan vida a este recodo del camino, localizado a 2,100 m.s.n.m. La gente es bastante cordial y amigable. Aquí se pueden “recargar” las cantimploras, disfrutar de la sombra proporcionada por los aleros de las cabañas y saborear refrescantes vasos de chicha de caña. Se encuentra a 21 kilómetros de Cachora (9 kilómetros de Choquequirao).

 

 

CHOQUEQUIRAO

Barrios, Zonas Residenciales y Ceremoniales: Choquequirao está formado por nueve sectores arquitectónicos que se levantan a manera de pequeños barrios en la parte descendente del cerro. Destaca la zona ceremonial, lo que expresa el cariz religioso que tuvo el complejo.

 

A su vez, la zona ceremonial se levanta alrededor de la Plaza Principal. Tiene templos de dos niveles y edificios como el Sunturwasi, edificado para cumplir múltiples funciones y usos colectivos. Por su parte, la zona residencial, incluye un grupo de viviendas populares llamadas Piquiwasi.

 

En casi todas las edificaciones es común encontrar hornacinas de gran tamaño y habitaciones de dos y hasta tres niveles. Las paredes son de piedra canteada con amalgama de barro.

 

Un elemento singular son las láminas de piedra pizarra (un tipo de roca que se puede dividir en delgadas hojas) que han sido colocadas como aleros entre un nivel y otro, con la finalidad de proteger a sus habitantes del sol y la lluvia. También se observan ventanas y puertas trapezoidales, características en la arquitectura inca.

 

Flora y Fauna Silvestre: Los atractivos de este complejo no se reducen a sus monumentales construcciones. Debido a su estratégica ubicación geográfica, su entorno presenta alturas que van de los 1,000 m.s.n.m. hasta los 6,000 m.s.n.m., lo que origina una gran diversidad de flora y fauna silvestre. Destacan los osos de anteojos y los cóndores.

 

CHOQUEQUIRAO

ALOJAMIENTO Y HOTEL

Por tratarse de un circuito de rigurosa aventura, en el camino a Choquequirao no hay hoteles ni albergues. Sin embargo, existen zonas ideales para acampar, aunque no cuentan con servicios básicos.

 

El paraje de Chiquisca, la playa Rosalinda (hay una cabaña para los viajeros) y Marampata, son apropiados para armar las carpas y tender las bolsas de dormir. En el camino a Choquequirao las estrellas no están en las fachadas de los hoteles, sino que están en el cielo, velando por el sueño de los viajeros.

 

En el poblado de Cachora existen rústicos hostales, que pueden servir para planificar la aventura (alquilar acémilas, hacer las últimas compras, etc.) o recuperar fuerzas después del largo trajinar de cuatro días.

 

CHOQUEQUIRAO

CUANDO IR

Se puede visitar Choquequirao la mayor parte del año, excepto en la época de lluvias (diciembre a marzo), temporada en la que el camino se vuelve fangoso. Intentar la travesía en estas condiciones, se convierte en una tarea titánica, casi imposible.

 

 

 

 

 

CLIMA EN CHOQUEQUIRAO

El clima en la zona es bastante cálido, ya que se encuentra en una zona de ceja de selva, aunque en las noches la temperatura disminuye.

 

 

 

 

CAMINO AL OTRO MACHU PICCHU

Choquequirao, la ciudad perdida del Cusco

” Choquequirao es una cercana realidad. El cansancio disminuye a cada paso. Es contradictorio, quizás hasta inexplicable, pero un extraño influjo de energía, proveniente quién sabe de dónde, hace más tolerables las subidas empinadas, menos arriesgados los descensos resbalosos. ”

La llaman el otro Machu Picchu. Es gigantesca, ciclópea y está llena de misterio, porque durante siglo s  la cubrió el manto verde de la selva. Los Incas la llamaron Choquequirao (cuna de oro) y algunos de ellos la utilizaron como refugio cuando se opusieron a la presencia española. Hoy, el espléndido complejo arqueológico, localizado en el distrito de Santa Teresa, provincia de La Convención, Cusco, puede ser visitado por turistas de todo el mundo… eso sí, los viajeros tendrán que recorrer un camino polvoriento, superar decenas de curvas y enfrentar subidas empinadas. La travesía es agotadora, pero vale la pena.

 

Cuentas los cerros borroneados por la niebla: uno, dos, tres…. Colosales, robustos, enhiestos… demasiado distantes, como las profundidades del cañón que cobija la rabia de un río torrentoso; o, excesivamente sinuosos, como el camino inquietante -especie de garabato o de pliegue surrealista- que surca las faldas montañosas.

 

Panorama cercenado por macizos de siluetas remotas. Horizonte de cumbres de nieve, picos pelados y cúspides con inusuales formas… “Mira la cima del último cerro -un gigante a punto de penetrar o diluirse en la inmensidad- parece ser una “v” -caprichos alfabéticos perfilados en la altura por el trazo tembloroso del viento- ¿no te parece?

Se termina la contabilidad de los cerros. Se inicia la contemplación de la “v”… ah, pero ahora la bruma se vuelve más espesa, secuestrando las formas, opacando los colores; entonces, es imposible descubrir a las “serpientes de piedra” que anidan en la cima de aquella montaña del valle de Vilcabamba, que los hijos del Sol llamaron Chuqui K´iraw, la “cuna de oro”.

 

La bruma gana la partida en las primeras horas de un día que despierta con frío en Cocamasama (2,010 m.s.n.m.), un recodo de la tiránica senda polvorienta de 30 kilómetros de demoledoras subidas, fatigantes descensos e interminables espirales de curvas, que conduce a Choquequirao (3,033 m.s.n.m.), joya de la arquitectura incaica que por su magnificencia y espectacular belleza, es sólo comparable con Machu Picchu.

 

Durante siglos, las paredes de piedra de Choquequirao, en el distrito de Santa Teresa, provincia de La Convención, Cusco, estuvieron cubiertas por la maleza que protegió con su verde manto los secretos de este centro religioso, político y social construido en la primera mitad del siglo XV y que a partir de 1536 y por más de 40 años, se convirtió en refugio de los Incas contrarios a la presencia española.

 

“Vamos”, sugiere la voz que develó la “v” en las alturas. Cocamasama retorna a su usual desolación. Ya no están los arrieros y sus mulas cargadas con “montañas” de provisiones en Cachora, el minúsculo pueblo apurimeño donde nace el camino a Choquequirao, tampoco las carpas levantadas para pasar la primera noche de una aventura que empezó de madrugada en el Cusco, el centro del mundo incaico.

 

 

Texto y fotos: Rolly Valdivia Chá

 

 

CAMINO AL OTRO MACHU PICCHU

Caminos de Aventura

“Choquequirao es una cercana realidad. El cansancio disminuye a cada paso. Es contradictorio, quizás hasta inexplicable, pero un extraño influjo de energía, proveniente quién sabe de dónde, hace más tolerables las subidas empinadas, menos arriesgados los descensos resbalosos.”

Cusco al amanecer: rezagos de oscuridad en la histórica capital incaica, calles entregadas a la voluntad de los noctámbulos, algunas farmacias de turno, varios taxistas somnolientos. Un vehículo se aleja del centro y devora los primeros metros de la carretera que comunica a la ciudad imperial con Abancay, la capital del vecino departamento de Apurímac.

 

Un rosario de estampas del camino: el nevado Salcantay, el apu sagrado que parece controlarlo todo desde su gélida atalaya, la espléndida pampa de Anta con sus moles de piedra que se convirtieron en soldados Incas en la batalla contra los Chancas, el puente Cunyac, límite entre los departamentos del Cusco y Apurímac, los relajantes baños termales de Cconoc y el apacible pueblo de Curahuasi, capital mundial del anís.

 

La cómoda observación desde el mullido asiento del bus culmina en el kilómetro 154 de la carretera Cusco-Abancay, donde se desprende el desvío sin asfaltar hacia el pueblo de Cachora (departamento de Apurímac). Antes, se encuentra el ramal que conduce a la enigmática piedra de Saywite, un monolito de 2,30 metros de altura y una circunferencia de 11 metros, con 200 figuras talladas en su superficie.

 

Mediodía. Llegada a Cachora. Preparativos finales para la caminata hasta Choquequirao. Cuatro días de andar continuado al borde de aterradores precipicios, dominando el paisaje encañonado desde las alturas del abra Capuliyoc (3,010 m.s.n.m.) o descendiendo hasta las orillas del río Apurímac (1,550 m.s.n.m.), el “rey de los ríos” o “príncipe de lo sonoro” (Cjápaj Mayu) de los antiguos peruanos.

 

Cuatro días ignorando las ampollas, los músculos adoloridos, los calambres traicioneros. Aguantando los desesperantes y aturdidores rayos del sol… y todo eso sólo para ver Choquequirao y sus andenes rebosantes de verdor, Choquequirao y sus acueductos y puentes, Choquequirao y sus barrios de piedra, Choquequirao y su riquísimo entorno natural, propio de la ceja de selva.

 

Bitácora del viajero

 

Caminar y detenerse. Observar, escribir, tomar fotografías. ¿Dónde dormiremos?…Apuntas:

 

Día 1, 7:00 p.m., nos detenemos en una curva. Ya hemos pasado el abra de Capuliyoc (9.65 kilómetros de Cachora). Buscamos un lugar dónde pasar la noche… ¿Cocamasama?…hum, está cerca. Explota el flash. Se arman las carpas. Cantan los insectos, vocifera el río. Cielo estrellado.

 

Ya hablamos de la bruma de Cocamasama. De la voz que ordenó el vamos. Se reinicia la rutina de la aventura. Descenso a Chiquisca (kilómetro 16.7 y 1,930 m.s.n.m.) -pequeño remanso con agua y con sombra- y a la playa Rosalina (kilómetro 19.1). Cauce arrebatado. Aguas verdosas. Chapuzón en el río Apurímac. Notas, fotos y masajes. Fin del relajo. No más tramos de bajada… sólo subir, subir y subir.

 

Día 2, 11:00 a.m.: ¿qué tan difícil será el ascenso?…1:00 p.m.: todo es hacia arriba… ¿caray cuándo terminarán las subidas?, ¿no habrá cerca una pampita? 2:00 p.m.: piernas acalambradas, cantimplora sin agua. Mareos, sueño, modorra. Fuerzas perdidas. 2:30 p.m.: salvado por una mula. Llegada al escuálido villorrio de Santa Rosa (kilómetro 21.70, y 2,100 m.s.n.m.). Bienvenida y adiós con chicha de caña.

 

Ascenso: penoso, agotador, interminable. Un apunte en la libreta: “ya no se ve el río, pero hay una catarata. El camino está cada vez más cargado de verdor… Recargar la cámara, preparar el flash para espantar las sombras que se posan sobre una flor… clic, ¿Falta mucho?…sólo tres curvas, ¿sólo tres?, sí, señor, yo no miento, después pura pampita hasta Marampata (kilómetro 25.150 y 2,850 m.s.n.m.)

Otra vez la mula salvadora. Otra vez la noche estrellada y las carpas calientes. Fin de la jornada. Choquequirao está muy cerca, en la cima de ese cerro con forma de “v” que ahora se oculta tras una máscara de oscuridad.

 

 

El camino agoniza. Las serpientes de piedra se convierten en andenes, canales de regadíos, muros y sólidas paredes. Choquequirao es una cercana realidad. El cansancio disminuye a cada paso. Es contradictorio, quizás hasta inexplicable, pero un extraño influjo de energía, proveniente quién sabe de dónde, hace más tolerables las subidas empinadas, menos arriesgados los descensos resbalosos.

 

Estás a punto de revivir los pasos de Cosme Bueno, uno de los primero en llegar a la ciudad perdida en 1768; de conocer los mismo lugares que encantaron a los franceses Eugene de Santiges (1834) y Leónce Angrand (1847); de entender la satisfacción de Hiram Bingham, el investigador norteamericano que llegó a la “cuna de oro” en 1911, el mismo año en el que descubrió Machu Picchu.

 

Choquequirao: mágico rincón de la altura, excelsa demostración de la sabiduría incaica. Armonía y conjunción entre la naturaleza y la creatividad del hombre. La grandeza sobrecogedora del cañón, la imponente presencia del apu Salcantay, la presencia zigzagueante del río, encajan con las construcciones ciclópeas divididas en 9 sectores y esa plaza bordeada por espléndidas edificaciones de piedras.

 

Dicen los estudiosos que antes de la llegada de los españoles, Choquequirao -que tiene una extensión de 1,810 hectáreas, de las cuales menos de la mitad han sido recuperadas- fue un enclave económico y cultural que sirvió como bisagra entre la selva y otras ciudades importantes como Machu Picchu y Pisac.

 

Pero el valor de este casi desconocido complejo arqueológico, no termina en sus fabulosas paredes. La biodiversidad es otra de sus riquezas, porque según la opinión de los especialistas, este rincón de la ceja de selva presenta una gran variedad especies de flora y fauna, razón por la que se necesita preservar y proteger su entorno.

 

Las horas avanzan y hay que volver. Desandar lo andado. Las subidas que se convierten en bajadas y viceversa; sólo las curvas siguen siendo curvas, siguen siendo cansadoras. De vuelta a Marampata y su pampita, a Santa Rosa y sus vasos de chicha de caña, al río Apurímac y sus chapuzones refrescantes… ¿y las estrellas?, coqueteándole a la luna, mientras el torrente arrulla a los viajeros que duermen.

 

Al día siguiente concluye el retorno. Las mulas se libran de su carga y ya pastan en su querencia de Cachora. Terminan las curvas, las subidas y bajadas. No hay ningún cerro que termine en “v” ni “serpientes de piedra”, tampoco brumas que encapoten el cielo. De vuelta al Cusco. De vuelta al ombligo del mundo.

 

“Choquequirao es una cercana realidad. El cansancio disminuye a cada paso. Es contradictorio, quizás hasta inexplicable, pero un extraño influjo de energía, proveniente quién sabe de dónde, hace más tolerables las subidas empinadas, menos arriesgados los descensos resbalosos.”

Cusco al amanecer: rezagos de oscuridad en la histórica capital incaica, calles entregadas a la voluntad de los noctámbulos, algunas farmacias de turno, varios taxistas somnolientos. Un vehículo se aleja del centro y devora los primeros metros de la carretera que comunica a la ciudad imperial con Abancay, la capital del vecino departamento de Apurímac.

 

Un rosario de estampas del camino: el nevado Salcantay, el apu sagrado que parece controlarlo todo desde su gélida atalaya, la espléndida pampa de Anta con sus moles de piedra que se convirtieron en soldados Incas en la batalla contra los Chancas, el puente Cunyac, límite entre los departamentos del Cusco y Apurímac, los relajantes baños termales de Cconoc y el apacible pueblo de Curahuasi, capital mundial del anís.

 

La cómoda observación desde el mullido asiento del bus culmina en el kilómetro 154 de la carretera Cusco-Abancay, donde se desprende el desvío sin asfaltar hacia el pueblo de Cachora (departamento de Apurímac). Antes, se encuentra el ramal que conduce a la enigmática piedra de Saywite, un monolito de 2,30 metros de altura y una circunferencia de 11 metros, con 200 figuras talladas en su superficie.

 

Mediodía. Llegada a Cachora. Preparativos finales para la caminata hasta Choquequirao. Cuatro días de andar continuado al borde de aterradores precipicios, dominando el paisaje encañonado desde las alturas del abra Capuliyoc (3,010 m.s.n.m.) o descendiendo hasta las orillas del río Apurímac (1,550 m.s.n.m.), el “rey de los ríos” o “príncipe de lo sonoro” (Cjápaj Mayu) de los antiguos peruanos.

 

Cuatro días ignorando las ampollas, los músculos adoloridos, los calambres traicioneros. Aguantando los desesperantes y aturdidores rayos del sol… y todo eso sólo para ver Choquequirao y sus andenes rebosantes de verdor, Choquequirao y sus acueductos y puentes, Choquequirao y sus barrios de piedra, Choquequirao y su riquísimo entorno natural, propio de la ceja de selva.

 

Bitácora del viajero

 

Caminar y detenerse. Observar, escribir, tomar fotografías. ¿Dónde dormiremos?…Apuntas:

 

Día 1, 7:00 p.m., nos detenemos en una curva. Ya hemos pasado el abra de Capuliyoc (9.65 kilómetros de Cachora). Buscamos un lugar dónde pasar la noche… ¿Cocamasama?…hum, está cerca. Explota el flash. Se arman las carpas. Cantan los insectos, vocifera el río. Cielo estrellado.

 

Ya hablamos de la bruma de Cocamasama. De la voz que ordenó el vamos. Se reinicia la rutina de la aventura. Descenso a Chiquisca (kilómetro 16.7 y 1,930 m.s.n.m.) -pequeño remanso con agua y con sombra- y a la playa Rosalina (kilómetro 19.1). Cauce arrebatado. Aguas verdosas. Chapuzón en el río Apurímac. Notas, fotos y masajes. Fin del relajo. No más tramos de bajada… sólo subir, subir y subir.

 

Día 2, 11:00 a.m.: ¿qué tan difícil será el ascenso?…1:00 p.m.: todo es hacia arriba… ¿caray cuándo terminarán las subidas?, ¿no habrá cerca una pampita? 2:00 p.m.: piernas acalambradas, cantimplora sin agua. Mareos, sueño, modorra. Fuerzas perdidas. 2:30 p.m.: salvado por una mula. Llegada al escuálido villorrio de Santa Rosa (kilómetro 21.70, y 2,100 m.s.n.m.). Bienvenida y adiós con chicha de caña.

 

Ascenso: penoso, agotador, interminable. Un apunte en la libreta: “ya no se ve el río, pero hay una catarata. El camino está cada vez más cargado de verdor… Recargar la cámara, preparar el flash para espantar las sombras que se posan sobre una flor… clic, ¿Falta mucho?…sólo tres curvas, ¿sólo tres?, sí, señor, yo no miento, después pura pampita hasta Marampata (kilómetro 25.150 y 2,850 m.s.n.m.)

Otra vez la mula salvadora. Otra vez la noche estrellada y las carpas calientes. Fin de la jornada. Choquequirao está muy cerca, en la cima de ese cerro con forma de “v” que ahora se oculta tras una máscara de oscuridad.

 

El camino agoniza. Las serpientes de piedra se convierten en andenes, canales de regadíos, muros y sólidas paredes. Choquequirao es una cercana realidad. El cansancio disminuye a cada paso. Es contradictorio, quizás hasta inexplicable, pero un extraño influjo de energía, proveniente quién sabe de dónde, hace más tolerables las subidas empinadas, menos arriesgados los descensos resbalosos.

 

Estás a punto de revivir los pasos de Cosme Bueno, uno de los primero en llegar a la ciudad perdida en 1768; de conocer los mismo lugares que encantaron a los franceses Eugene de Santiges (1834) y Leónce Angrand (1847); de entender la satisfacción de Hiram Bingham, el investigador norteamericano que llegó a la “cuna de oro” en 1911, el mismo año en el que descubrió Machu Picchu.

 

Choquequirao: mágico rincón de la altura, excelsa demostración de la sabiduría incaica. Armonía y conjunción entre la naturaleza y la creatividad del hombre. La grandeza sobrecogedora del cañón, la imponente presencia del apu Salcantay, la presencia zigzagueante del río, encajan con las construcciones ciclópeas divididas en 9 sectores y esa plaza bordeada por espléndidas edificaciones de piedras.

 

Dicen los estudiosos que antes de la llegada de los españoles, Choquequirao -que tiene una extensión de 1,810 hectáreas, de las cuales menos de la mitad han sido recuperadas- fue un enclave económico y cultural que sirvió como bisagra entre la selva y otras ciudades importantes como Machu Picchu y Pisac.

 

Pero el valor de este casi desconocido complejo arqueológico, no termina en sus fabulosas paredes. La biodiversidad es otra de sus riquezas, porque según la opinión de los especialistas, este rincón de la ceja de selva presenta una gran variedad especies de flora y fauna, razón por la que se necesita preservar y proteger su entorno.

 

Las horas avanzan y hay que volver. Desandar lo andado. Las subidas que se convierten en bajadas y viceversa; sólo las curvas siguen siendo curvas, siguen siendo cansadoras. De vuelta a Marampata y su pampita, a Santa Rosa y sus vasos de chicha de caña, al río Apurímac y sus chapuzones refrescantes… ¿y las estrellas?, coqueteándole a la luna, mientras el torrente arrulla a los viajeros que duermen.

 

Al día siguiente concluye el retorno. Las mulas se libran de su carga y ya pastan en su querencia de Cachora. Terminan las curvas, las subidas y bajadas. No hay ningún cerro que termine en “v” ni “serpientes de piedra”, tampoco brumas que encapoten el cielo. De vuelta al Cusco. De vuelta al ombligo del mundo.

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