Posted by: incapoint | September 25, 2009

Las joyas del camino del inca. Machu Picchu

Las joyas del Camino Inca

” Escuchas pasos, risas, palabras en varios idiomas; entonces, Wiñaywayna –el asombroso complejo arqueológico, localizado en un rincón del famoso camino inca que conduce a Machu Picchu- se convierte en una torre de babel andina, en una torre de babel a 2,700 m.s.n.m. ”

El viajero siente que el cansancio desaparece frente a la impactante belleza de Wiñaywayna, uno de los grupos arqueológicos que se descubren en el camino inca a Machu Picchu. Luego, en la soledad de su carpa, recordará los nombres de los vestigios prehispánicos diseminados en los más de 40 kilómetros del viejo sendero: Patallaqta, Runjurakay, Sayaqmarca, Conchamarka e Intipata, son los maravillosos lugares que sirven de antesala a la gran ciudadela, el atractivo turístico más visitado DEL PERU.

 

Cuando llegué a Wiñaywayna sentí como se desvanecía el cansancio. La fatiga retrocedía, buscaba refugio, se arrinconaba ante un renovado impulso, que obligaba a conocer cada rincón, cada pedazo de piedra, cada andén esculpido en la montaña. Aquí no hay espacio para músculos adormecidos ni rodillas maltrechas. Todo es contemplación. Sólo asombro en el ocaso matizado de naranja.

 

Te sientas en uno de los peldaños líticos. Detrás de ti, se levanta un palacio o un torreón edificado con piedras, las cuales encajan a la perfección y tienen un fino acabado. Debajo, se despliega una manta de andenes rebosantes de verdor, una escalera despareja que desciende abruptamente y varias pirkas (muros líticos) que hacen malabares al borde del cerro.

 

La contemplación se rompe. Escuchas pasos, risas, palabras en varios idiomas; entonces, Wiñaywayna -el asombroso complejo arqueológico, localizado en un rincón del famoso Camino Inca que conduce a Machu Picchu- se convierte en una torre de babel andina, en una torre de babel a 2,700 m.s.n.m. que se aferra a la falda de una montaña, que desciende hasta el cañón del río Urubamba.

 

Ahora se desata un fragoroso tiroteo de click´s. Sonrisas para la posteridad e imágenes para el recuerdo: un chica de melena color zanahoria, estrena sus mohínes de top model en el umbral de una puerta trapezoidal de estilo inca; mientras un muchachote de aspecto nórdico, perenniza un gesto de fiereza al lado de una de las 10 fuentes rituales del sector de los andenes.

 

Entre el bullicio llegas a distinguir una voz de marcado acento cusqueño que revela que el nombre Wiñaywayna (siempre joven) -construcción inca descubierta por Paul Fejos en 1941- proviene de un término quechua relacionado a la especie de orquídea Epidendrum cassilabium, bastante común en este paraje de ensueño.

 

La contemplación termina. Vuelves al campamento, el tercero y el último en tu andariega travesía por el fabuloso sendero de tierra y piedra que conduce a Machu Picchu.

 

Otra vez el malestar en las piernas. Otra vez los desesperantes hincones en las rodillas. Cierras los ojos para olvidar el dolor. Lo consigues. Lo recuerdos te sirven de anestesia.

 

 

Gotas impertinente golpetean la lona de la carpa. Lágrimas del cielo en la despedida, porque Machu Picchu está muy cerca, sólo falta un tramo, un ascenso más que se iniciará en la madrugada, “para ver la ciudadela al amanecer”, había dicho el guía, sin prever la trampa de nubes y niebla que montaría el cielo, con la intención de frustrar la observación desde el Intipunku o puerta del sol.

 

Pero eso ocurriría después, ahora estás en la carpa, ordenando tus vivencias, recordando los nombres de los construcciones incas que fuiste visitando en el camino, esa especie de rosario arqueológico en cuyas cuentas se detienen decenas de peregrinos, para auscultar el pasado de aquellos hombres que le rendían pleitesía al sol.

 

Todo fue muy  rápido. Aún no moría la emoción de cruzar el puente colgante del kilómetro 82 de la vía férrea Cusco-Machu Picchu, y ya podías divisar las primeras “huellas” arquitectónicas de los incas: Patallaqta, un rústico complejo con decenas de habitaciones, construidas de piedras unidas con mortero.

 

Las horas se consumen entre pasos y sudor. Subir y bajar, observar el paisaje: la cordillera del Urubamba y el nevado de La Verónica (5,800 metros de altura), antiguamente denominado lágrima sagrada (Weqey Willka en quechua). Termina el día. Agoniza el sol entre los cerros, aparecen las primeras estrellas. Se levanta el campamento.

 

Segunda jornada. Sufres en el ascenso a las abras de Warmiwañusqa (mujer muerta) a 4,200 m.s.n.m, y Runkurakay (galpón ovoide) a 3,900 m.s.n.m, el “tambo” o posada de los viajeros incas; Sayaqmarka (lugar parado o erguido) un centro administrativo y ceremonial; y, Conchamarka (lugar del fogón), una construcción pétrea ligada a la primera.

 

¿Qué te depararía el camino en el tercer día?… Phuyupatamarka (lugar sobre las nubes), es el nombre de un abra y de un núcleo administrativo y religioso, que resalta por su plataforma superior de forma ovoidal, sus fuentes de agua y sus escalinatas labradas. Después vendría la lejana visión del Intipata, con sus terrazas cultivables y sus muros de piedra canteada.

 

Los recuerdos fueron vencidos por el sueño. La voz del guía anuncia la partida. Cuarto día. Jornada final. Sólo falta Machu Picchu que se esconde caprichosamente tras un manto de niebla. Ya no hay más cuentas en el rosario. Fin de la aventura en el Camino de los Incas.


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