Posted by: incapoint | September 28, 2010

Mexicanita al Agua

MEXICANITA AL AGUA

Es voraz mi hambre por lo nuevo. Y tú no te quedas atrás. Has logrado un bello jardín de bonsáis andinos. Me gusta lo exacto de tu cuerpo acuclillado atendiendo con precisión oriental cada bracito de tus plantas. En el día participamos en la cosecha de la papa, preparamos el hilo que los lugareños convierten en arte textil, nos divertimos atrapando truchas traviesas, que se nos escurren de las manos, en las aguas del Titicaca. 

RELATO

Lago Titicaca. Imágenes Internet/Microsoft 

  Por Alejandra Meza 

  alemenor@gmail.com

http://www.latumbafalsa.blogspot.com/

—Exclusiva de Culturadoor.com, desde Hermosillo, Sonora, México—

Día de publicación: 27-Septiembre-2010  

Nos miran como lo que a simple vista parecemos: Un taiwanés y una iraní haciendo vida en el corazón de Sudamérica. Mientras ellos se aventuran adivinando cómo pudo empezar nuestra historia, yo me divierto explorando este espacio entre Perú y Bolivia.   

 Tu ímpetu por lo extremo me inspira a retarte a diversas actividades cada día: Nadar alrededor de la isla (desnudos), tirarnos del peñasco más alto (con los ojos cerrados), correr agua adentro (en la oscuridad), perseguir borregos en los caminos que serpentean las casas del pueblo. 

Es voraz mi hambre por lo nuevo. Y tú no te quedas atrás. Has logrado un bello jardín de bonsáis andinos. Me gusta lo exacto de tu cuerpo acuclillado atendiendo con precisión oriental cada bracito de tus plantas. En el día participamos en la cosecha de la papa, preparamos el hilo que los lugareños convierten en arte textil, nos divertimos atrapando truchas traviesas, que se nos escurren de las manos, en las aguas del Titicaca. Compartimos con los indígenas en sus fiestas. Bajo nuestros pies descalzos el suelo de madera es un juego de percusiones sin ton ni son. La música sigue el compás de nuestras risas y abrazos. La cima de la montaña más alta nos regala las mejores vistas al atardecer y es el lugar donde renovamos nuestros pulmones. En las noches hacemos fogata, te comparto mis relatos y tú algunas teorías sobre la influencia de los astros en el destino. Cualquier rastro de intolerancia se quema ahí. Del ritual para dos la Pachamama es el único testigo. 

La atención de la americana abandona el folleto sobre los incas y se instala en la conversación del argentino y la mexicana. La lancha va dejando atrás el sonsonete del guía turístico y las coloridas faldas de las mujeres que saludan desde la isla de los Uros. 

El ritmo de los diálogos contrasta con la calma del lago Titicaca. 

-¡Mande, mande, mande! ¿Por qué para todo usan el mande?- 

-¡Dios! ¡Pero qué molesto eres argentino!- 

-A ver, repite: “yo como yogur”- 

-“Yo como yogur”- 

-¡Viste! Todas apretadas las mandíbulas, se escucha malísimo, mexicanita- 

-Pero escúchate tú. Estás diciendo “Cho-como-chogur”. ¡Tú eres el que lo está diciendo mal!- 

Y ambos ríen. El chico le desabrocha los tenis, la mira, dispara frases que ella esquiva mirando los paisajes y preguntando al capitán detalles sobre su experiencia en la navegación que, francamente, no le interesan. 

-Y ¿cómo se llama el pueblo que voy a visitar en verano? 

-Hermosillo. 

-¿Hermosillo? 

-Her-mo-si-llo, no Hermosicho. Si pides un boleto a “Hermosicho” seguro te vas a perder eh. 

-¿Tienen playa? 

-Sí, tenemos “plachas” preciosas, no hay olas para surfear, pero te apuesto que nunca has hecho sandboarding, ¿verdad? 

Ella sonríe. La americana disfruta toda la evolución de la escena, desde los primeros acercamientos accidentados hasta el rubor que ya empieza a ceder en la cara de la mexicana. El barco, en su interior, es un cálido encuentro intercultural; en la inmensidad del lago: un puntito blanco que se pierde. 

 

El cielo es turquesa, a veces dorado y, otras, malvavisco metalizado. Cada tarde me preparo para ver un distinto color. Mientras contemplo el de hoy se me llena el pecho de risas, y el estómago, al recordar la manera en que llegué aquí. ¡Tus rasgos ya me son tan familiares! Últimamente, me entretengo enseñando yoga a los niños de los nativos. Tu jardín de bonsáis tiene una belleza hechizante. Les has compartido tus mejores técnicas a algunos hombres, y hay señoras que ofertan bellos ejemplares en sus tenderetes: los acomodan entre los chullos y las estolas multicolores que reciben a los turistas al desembarcar. 

La plaza del pueblo en Amantaní se alza en lo más alto de la isla. Los turistas caminan entre puestos de artesanías y niños que piden un sol a cambio de dejarse fotografiar. Los rayos de Sol traspasan con suavidad la brisa. En la quietud, los visitantes tropiezan ocasionalmente con los borreguitos y las viscisitudes del idioma. El lago se cree mar. Todo queda capturado en la cámara de la americana: Las nubes guardando al sol, una familia mirando al horizonte, el vestido de la indígena que observa a los visitantes desde el arco de entrada del pueblo, la arquitectura mágica del centro artesanal, los niños jugando futbol con un alemán, la confianza creciente entre el argentino y la mexicana. Comienza a llover. Los turistas caminan fila abajo hasta el muelle. Al acurrucarse en su asiento, la americana se percata de que el barco regresa con dos lugares vacíos. 

Desde la ventana de Nely, observo la embarcación turística recién llegada y los recuerdos que trae con ella. Qué fascinante me supo aquel día la historia que me contaste sobre tus padres llegando desde Taiwán a Buenos Aires, sin nada de español. De sus tropezados comienzos resultaron el mejor negocio de bonsáis de Argentina, y tú: un porteño con fisonomía asiática. En tono de broma te dije que yo descendía de un prestigiado linaje musulmán, pero mi “mande” me delató. Me hiciste burla de las palabras que usamos los mexicanos, y yo critiqué tu forma de pronunciar la “y” y “ll”. Entre otras cosas, presumiste que tenías todo para convertirte en el mejor bonsaista de Argentina, ¡Qué de Argentina; de toda América! 

También me contaste sobre un primo, nacido en Taiwán, criado en Argentina y ahora explorador del desierto chileno. Me mostraste su foto como un tesoro. Y tal cual te la guardaste al ver que yo me la comía con los ojos. 

¡Mexicanita al agua!, con esa frase y un pequeño empujón me sorprendiste en el muelle de Amantaní, a lo que respondí sujetándome de tus brazos flacos, que ya me empezaban a parecer amigos. Caminabas a la par mío mientras recorría la plaza del pueblo, veía las artesanías y degustaba platillos típicos en casa de los lugareños. En el transcurso te reté a ocurrencias que aceptaste sin pensar. Una de ellas fue el quedarnos a vivir en la isla. Y así empezó lo que hoy termina. 

Antes de subirme al bote, agradezco a Nely un último plato de sopa de quinua, es un sabor que quiero llevar conmigo. La lancha se siente mejor que hace un año, le han reparado las goteras, el guía y el chofer son otros. No sé si alguien note mi presencia y la ausencia de la americana. El trueque entre ella y yo fue silencioso, suplicado por su mirada de curiosidad, asentido por mi necesidad de cambio, pactado por tu silencio cómplice. Sobre mis piernas llevo un pequeño bonsái, el último que elaboraste para mí ¿Crees que resista una visita al desierto?


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