Posted by: incapoint | October 18, 2010

Salkantay y Machu

Salkantay y Machu

Posted on 17 Octubre, 2010 by altrotecochinero

El 11 de octubre comencé el trek del Salkantay o “montaña indomable“. Nadie ha conseguido culminar su cumbre. Un americano lo intentó y no se volvió a saber de él. Un grupo de chinos también probó y cuando bajaron dijeron que lo habían conseguido pero no aportaron ninguna prueba de su supuesta hazaña así que nadie los creyó. Además, son numerosas las avalanchas que se producen en el Salkantay y por eso los lugareños creen que un apu o espíritu vive en su cima. Con toda esta información de lo más tranquilizadora salimos a las 4 de la mañana dispuestos a domar a la indomable…

En nuestro grupo éramos 11 personas, un inglés más raro que un perro verde, siete alemanes sorprendentemente simpáticos (como todo el mundo también tengo mis prejuicios…), un francés llamado Flo que estaba todo el día fumado de marihuana y que se quedaba atrás a cada rato haciendo fotos a flores y mariposas (“where´s Flo? Flo is floating!”), la que suscribe y el guía. Junto a nuestro grupo había otro de brasileños y un tercero de israelitas. Todo un circo ambulante.

El trek comenzó en el pueblo de Mollepata a 2.718 metros de altitud. Para llegar hasta ahí tomamos una furgoneta desde Cusco donde me quedé completamente dormida después de escuchar la bromita de uno de los guías que decía que había estudiado para ser ama de casa inglesa, probablemente no sabía qué era eso de la filología, pero después de ponerlo en su sitio un par de veces y tomarnos unas chelas, nos hicimos medio colegas. Hay qué ver lo que tiene que aguantar una mujer…

En el primer día recorrimos 19 kilómetros superando un desnivel de 1.200 metros hasta llegar al primer campamento base en Soraypampa con una altitud de 3.900. Para una novata como yo, el camino se hizo un poco duro. No podía caminar y hablar al mismo tiempo y mi única salvación era concentrarme en la respiración hasta crear un ritmo interior de inspiración-palo-paso-expiración-palo-paso. He de decir que no sé cómo habría hecho el camino sin mi walking-stick, aunque tuve que aprender cómo usarlo sobre la marcha, nunca mejor dicho: corto para las subidas, largo para las bajadas, sin olvidar que es más importante fijarse dónde apoyas los pies en vez del palo y usarlo lo suficientemente alejado del  cuerpo como para no chocar con él, un par de traspiés te enseñan un montón…

Siempre mirando al suelo para no tropezar con las piedras del camino, cada vez que levantaba la vista el espectáculo era sobrecogedor: profundos desfiladeros, montañas de exuberante vegetación y el pico del Soraypampa al fondo, tan nevado que se confundía con las nubes que lo cubrían parcialmente. Enmarcado por las montañas por las que discurría el sendero, os aseguro que lo veía moverse hacia atrás mientras todo lo demás permanecía estático. El campamento parecía no llegar nunca. Por mucho que caminara, las lonas verdes de las tiendas estaban siempre allasito –como se dice por aquí- y para cuando lo alcancé no podría haber dado un solo paso más. Menos mal que ya estaba todo preparado para cuando llegamos, no quiero ni imaginar lo que habría supuesto empezar a montar y cocinar… Me limité a estirar piernas y brazos antes de la cena y, sorprendentemente, al día siguiente no tenía agujetas.

Después de la cena, el guía Nilton nos explicó el plan para el día siguiente. No podía creerle cuando escuché que íbamos a caminar 21 kilómetros, llegando hasta los 4.650 metros de altitud, punto más alto de nuestro recorrido, lo que nos llevaría cuatro horas. Pero no podíamos quedarnos mucho tiempo allí, por el frío, así que caminaríamos dos horas más, esta vez cuesta abajo, antes de parar a almorzar. Después del almuerzo aún quedarían otras tres horas de caminata cuesta abajo. Mientras escuchaba a Nilton, soltaba alguna que otra risita nerviosa, me llevaba las manos a la cabeza y mis compañeros se preguntaban qué pucha le pasaba a la española que viajaba sola. Tengo que confesar que me cagué toíta y que cuando ofreció la posibilidad de alquilar mulas para llegar a los 4.600 me costó poco decidirme. Fuimos tres de nosotros los que subimos en mula, sorprendentemente los más jóvenes del grupo, mientras que el resto se lo subieron a pata como unos campeones.

A mitad del camino cuesta arriba empezó a llover, luego a granizar finamente y más arriba ya estaba nevando. En los 4.600 hacía un frío tremendo y estuvimos el tiempo justo para hacernos la foto de grupo. Despedimos a las mulas y continuamos el viaje con la nieve, el granizo y la lluvia. El camino se había convertido una masa arcillosa que atrapaba botas, escarpines y walking-sticks. Llegué a la comida completamente empapada pero dispuesta a darlo todo para el resto del día. Fue un alivio cuando dejó de llover, brilló el sol y pudimos disfrutar de un paseo tranquilo y primaveral hasta el campamento en Chaullaya a 2.900 metros.

El tercer día fue bastante tranquilo. Caminamos 13 kilómetros hasta Sta. Teresa a 2.200 metros de altitud. Para entonces ya tenía claro que prefería caminar sola que acompañada. Aunque sabía que a la vuelta de la siguiente curva había un compañero, me quería creer sola en mitad de la naturaleza, rodeada de cascadas, mariposas, riachuelos y paredes de mica que brillaban como la plata. En esa soledad se me venían todos los ángeles y demonios que llevo dentro y tan pronto quería corretear alegre como una cochinilla, como echarme a llorar llena de rabia. ¿Bipolar, dices? No…. ¡Sí! No… El caso es que evitaba cualquier tipo de comunicación para estar yo conmigo misma e intentaba adelantar a todo aquel que se me cruzara en el camino sin mediar más que un “hum” y un “ajá”.

Esa tarde tuvimos baños termales en Sta. Teresa para relajar los músculos. Por lo visto los baños de Sta. Teresa eran hermosos antes de las inundaciones del pasado febrero que los destrozaron por completo. Ahora los alrededores son un amasijo de rocas traídas por la corriente del río que incluso ha cambiado su curso debido a las inundaciones. Aun así el agua estaba calentita y disfrutamos del baño al aire libre, bebiendo cerveza y comentando la expectación que teníamos por llegar a Aguas Calientes y al Machu.

Después de la cena de ese día el guía nos propuso tomar un bus para la primera parte del camino del día siguiente y así tener tiempo para subir el Putucusi o montaña alegre cuando llegáramos a Aguas y tener una vista aérea del Machu. Así lo decidimos pero al llegar a Aguas el guía nos dijo que las lluvias habían destrozado el camino del Putucusi y que era imposible subir. Llegamos a la conclusión de que nos había engatusado para tomar el autobús ya que en la oficina de turismo nos dijeron que el Putucusi está inaccesible desde febrero!! Era imposible que Nilton no lo supiera… Aquí el turista tiene la sensación de que le están engañando la mayoría del tiempo y a veces es más que una sensación.

Finalmente llegamos a Aguas Calientes después de caminar 15 kilómetros en llano ¡sí! Y como no podíamos subir al Putucusi pasamos la tarde en el pueblo haciendo compras y conectados a internet. Aguas Calientes parece un parque temático para el turista: restaurantes, masajes, tiendas de souvenirs y música tradicional en directo. Pensaba haberme quedado un día más en Aguas pero viendo el panorama decidí que era mejor volver al Cusco. Caí en la trampa del turista e hice un par de compras: el diario de viaje de Hiram Bingham, el profesor de Yale que descubrió el Machu en 1910, y un anillo con los colores de la bandera de la región del Cusco.

Aquella noche fue gloriosa porque me pude dar una ducha con agua caliente y dormir en una cama, lujos asiáticos para una trekkera, y además probé el cuy que es un conejillo de indias hecho al horno, plato retípico del Cusco. Como si fuera un cochinillo, todo ennegrecido y espatarrado sobre el plato, con sus afilados dientecitos todavía visibles, he de decir que estaba delicioso… A las ocho y media de la tarde ya estaba en la cama, en la c-a-m-a, porque habíamos quedado a las 4 de la mañana en la plaza para estar los primeros haciendo cola en la entrada del Machu y así conseguir ticket para subir al Huanapicchu o montaña joven, que es el gran promontorio que se ve al fondo de las ruinas. Sólo los primeros cuatrocientos consiguen ticket para el Huana.

El quinto día era por fin el día de subida al Machu. Me desperté a las 3 de la mañana para estar preparadita pero ni siquiera pude desayunar porque tuve que estar despertando a mi compañero de habitación –Flo el francés fumao- hasta las 3:40 y luego le tuve que ayudar a hacer la mochila para que pudiera llegar a tiempo; igualita que una madre…

A las 4 de la mañana ya había una gran multitud esperando en la puerta del puente por el que se accede al parque del Machu. Todavía de noche, el cielo estrellado y la gente gritando de excitación cuando abrieron las puertas. Lo que yo no sabía es que aún había que superar 400 metros de desnivel, subiendo unos peldaños de unos 40 centímetros de alto, por lo visto los incas eran bastante altos pero luego llegaron los conquistadores… Cuando llegué arriba ya era de día, la última del grupo y totalmente exhausta, pero conseguí mi ticket para el Huanapicchu.

Cuando entré al parque y vi las ruinas tal y como se muestran en las postales, sentí que me iba a echar a llorar. No sabía si era por la emoción o por el cansancio, probablemente una mezcla de las dos porque aún ahora me emociono al recordarlo, pero la verdad es que tenía hambre, sueño, me dolían las piernas e incluso me sentía mareada. Así que me puse las gafas de sol para que no se me notara pero mis esfuerzos para esconderlo fueron inútiles y tengo que decir que todo el grupo se volcó para mimarme y recuperarme… Fuimos a desayunar y el tour comenzó.

¿Por qué consiguieron los españoles acabar con la cultura inca? Porque llegaron tal y como su tradición relataba que iban a llegar los dioses: en barco. Además, iban montados en caballos, animales desconocidos para ellos, y cuando desmontaban los incas creían que eran seres que se podían dividir en dos. Para terminar de arreglarlo, iban cubiertos de armaduras brillantes y tenían pelo rubio en la cara… También hay que decir que los españoles no se anduvieron con chiquitas y llevaron a cabo una matanza sin concesiones. Los incas más rápidos se dieron a la fuga a la jungla, abandonando sus ciudades todavía a medio construir. Por cierto, el término “inca” sólo se aplicaba al rey, “quechua” era la gente del pueblo y el idioma era el “runasimi”, aunque aún había otro idioma menos popular que se llamaba “aymará”. Además, la ciudad que hoy conocemos como Machu Picchu era llamada Vitto, sólo que Bingham la bautizó con el nombre de la montaña más alta del lugar.

Durante el tour que nos dio Nilton recorrimos las tres partes de la ciudadela: la urbana, la religiosa y la agrícola. Tenía la sensación de que había tanto conocimiento imbuido en esas piedras, ya perdido para siempre gracias a la labor de los conquistadores y a que los incas no tuvieron un idioma escrito, que quería que las piedras me hablaran suavemente. Idólatras de la naturaleza: de la pachamama, la madre tierra, del sol, de la luna, del arcoíris… Por eso la bandera del Cusco tiene los colores del arcoíris y una puede pensar que en esta región son de lo más gay-friendly hasta que en un día de lluvia y sol, aparece el arcoíris y una lo entiende todo… El puma, el cóndor y la serpiente eran sus iconos. Rodeada de todo aquello, me di cuenta de lo desconectados que estamos en nuestra cultura occidental de todo aquello que nos da vida de la misma manera en la que nos la puede arrebatar en un segundo. Tanto individualismo, tanto ego, tanta prisa, tantas ganas de acumular lo material y pasajero, tan poco cuidado por lo realmente importante… Deberíamos pararnos un segundo, mirar a nuestro alrededor, darnos cuenta de que en lo pequeño está lo más grande y que todo forma una sola cosa que es superior y que está fuera de nuestro raciocinio.

Sobrecogida por estos pensamientos, se hizo la hora para subir el Huanapicchu. Hay dos turnos para subirlo: uno a las siete y otro a las diez. Es recomendable elegir el turno de las diez porque los que suben a las siete tiene que bajar antes de que suban los siguientes, mientras que los que suben a las 10 tienen todo el tiempo del mundo. Para que os hagáis una idea os diré que las montañas que rodean la ciudadela forman el perfil de un inca y el Huana es la nariz. Digamos que es un inca bastante narigudo. El camino para subir a la cima no es muy largo, lleva como 40 minutos, pero se va estrechando a medida que vas avanzando y no hay barandilla para salvarte del abismo. Así que los que me conocen bien y saben que subir a la fuente de Plza. España en Madrid ya me da vértigo, entenderán por qué me di la vuelta en cuanto miré abajo por segunda vez. Fue una buena elección porque mis compañeros me contaron que al final ya no había camino sino que tenías que escalar con la única ayuda de tus uñas y dientes…

A cambio busqué una sombra y me puse a leer el diario de viaje de Bingham hasta que llegó un guarda de la ciudadela quien, en vez de hacer su trabajo, empezó a interrogarme sobre cuántos años tenía y por qué no estaba casada ni tenía hijos. Cuando el tipo concluyó diciendo que tenía que darme prisa en encontrar a un hombre porque si no me iba a quedar sola en este mundo, me despedí lo más educadamente posible y comencé el camino hasta la puerta del sol. De nuevo, hay que ver cuánto tiene que aguantar una mujer…

Subiendo por el camino hasta la puerta del sol, la vista de la ciudadela se hacía más y más impresionante. El perfil del inca era cada vez más claro y la sensación de que en ese lugar hay una fuerza mística muy potente, me envolvía cada vez más. Me senté para comerme una manzana y, como si hubiera estado encantada, me quedé profundamente dormida. Cuando desperté, tenía a mis dos amigos alemanes –Kathleen y Torsten-  a mi lado, sonriendo y tomando fotos de mi improvisada siesta. Ya habían bajado del Huanapicchu y también se dirigían a la puerta del sol así que fuimos los tres juntos. Allí es donde se supone que termina el camino del inca y allí es donde terminamos nuestra excursión en el Machu. Reventados, cogimos el autobús que nos llevaría hasta Aguas Calientes de nuevo.

Teníamos que recoger el billete de tren que nos llevaría a Ollaytantambo para luego coger un autobús que nos dejaría en Cusco. Cuál fue nuestra sorpresa cuando vimos que nuestro tren no salía hasta las diez de la noche. Teníamos un montón de tiempo todavía así que primero cenamos y luego nos dirigimos a los baños termales de Aguas Calientes. La entrada cuesta 10 soles y se pueden alquilar trajes de baño y toallas por 3 soles más. El recinto cuenta con unas siete piscinas de aguas medicinales bastante turbias que no invitan al baño pero una vez dentro del agua, nos dimos cuenta de que el suelo era de tierra y de que de ahí venía ese color tan poco sano. Tuvimos un poco de mala suerte porque era viernes y los baños estaban llenos de adolescentes con la hormona subida, riendo y chapoteando. Aun así nos remojamos hasta que quedamos arrugaditos como pasas y ya casi se nos había hecho la hora de tomar el tren. Llegamos al Cusco a las tres de la madrugada, mientras caía el chaparrón del diluvio universal.

Hoy ya estoy en Puno. Todavía me siento un poco débil y cansada tanto por el esfuerzo físico como por las emociones fuertes. Creo que si no me tomo el día tranquilamente puedo caer enferma así que me sentaré a leer, ahora que ya he terminado de escribir. Mañana iré al Titicaca y la cuenta atrás en Perú ya habrá comenzado.

Con todo mi cariño:

IwI Fog.


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